Unidad pastoral Santa María de Olárizu / Olarizuko Andre Maria Pastoral Barrutia

Jueves 12 de Diciembre del 2019

comentario C Cristo Rey 2019

fano


Las personas que no creen hoy en la vida eterna en Europa son dos de cada tres y además, para muchas  esta fe en una vida que rompe la barrera de la muerte no tiene fuerza o significado alguno en su vida diaria.

Pero más sorprendente es que no son pocos los que dicen creer realmente en Dios y, mismo tiempo, piensan que no hay nada más allá de la muerte.

Y, sin embargo, creer en la vida eterna no es una arbitrariedad de algunos cristianos, sino la consecuencia de la fe en un Dios al que sólo le preocupa la felicidad total del ser humano. Un Dios que, desde lo más profundo de su ser de Dios, busca el bien final de toda la creación.

Antes que nada, no hemos de cerrar los ojos, de banalizar la muerte. Sea como sea, con ella se acaba nuestra historia, nuestros esfuerzos, nuestras ilusiones. Es un punto y aparte radical y nos espera a todos. Cobarde querer olvidarlo. La muerte está ahí, cada día más cercana. Una muerte absurda y oscura que nos impide ver en qué terminarán nuestros deseos, luchas y aspiraciones. ¿Ahí se acaba todo? ¿Comienza precisamente ahí la verdadera vida?

Nadie tiene datos científicos para decir nada con seguridad. Cada vez son más los que “creen” que no hay nada después de la muerte, pero no tienen pruebas científicas para demostrarlo. El creyente “cree” que nos espera una vida eterna, pero tampoco tiene prueba científica alguna. Ante el misterio de la muerte, todos somos seres radicalmente ignorantes e impotentes.

La esperanza de los cristianos brota de la confianza total en el Dios de Jesucristo. Todo el mensaje y el contenido de la vida de Jesús, muerto violentamente por los hombres pero resucitado por Dios para la vida eterna, les lleva a esta convicción: "La muerte no tiene la última palabra. Hay un Dios empeñado en que cada persona y todos los seres humanos conozcan la felicidad total por encima de todo, incluso por encima de la muerte. Podemos confiar en él”.

Ante la muerte, el creyente se siente indefenso y vulnerable como cualquier otro; como se sintió, por otra parte, el mismo Jesús. Pero hay algo que, desde el fondo de su ser, le invita a fiarse de Dios más allá de la muerte y a pronunciar las mismas palabras de Jesús: “Padre, en tus manos dejo mi vida."

Este es el núcleo esencial de la fe cristiana: dejarse amar por Dios hasta la vida eterna; abrirse confiadamente al misterio de la muerte, esperándolo todo del amor creador de Dios.

Esta es precisamente la oración del malhechor que crucifican junto a Jesús. En el momento de morir, aquel hombre no encuentra nada mejor que confiarse enteramente a Dios y a Cristo: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.” Y escucha esa promesa que tanto consuela al creyente: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso."


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