Unidad pastoral Santa María de Olárizu / Olarizuko Andre Maria Pastoral Barrutia

Martes 26 de Marzo del 2019

comentario C TC 2 2019

cuaresma 2 c


La persona contemporánea se está quedando poco a poco sin silencio. El ruido se va apoderando de los coches y las calles, de los ambientes y 

los hogares en los que la radio o la televisión nos acompañan en todo momento,… porque los hemos encendido, ¡claro! El ruido también se apodera de las mentes y los corazones, impidiendo a las personas vivir en paz y armonía.

Sería una ingenuidad pensar que el ruido sólo está fuera de nosotros, en el estrépito de la motocicleta que pasa o el alboroto del piso vecino. El ruido está dentro de cada uno, en esa agitación y confusión que reina en nuestro interior o en esa prisa y ansiedad que nos destruye desde dentro.

Incluso podemos decir que crispaciones y problemas externos que atormentan a muchos son, con frecuencia, una proyección de problemas y desequilibrios que no han sido resueltos en el silencio del corazón.

Por eso, el silencio no se recupera solamente insonorizando las habitaciones del hogar o retirándose al campo durante el fin de semana. Es necesario, sobre todo, aprender a entrar en uno mismo y crear ese clima de recogimiento personal indispensable para reconstruir nuestro interior.

La persona cogida por el ruido y la agitación corre el riesgo de no conocerse a sí misma sino de manera superficial. Por eso, tal vez, lo primero es encontrarnos con nosotros mismos. Conocer mejor a ese personaje extraño que se agita a lo largo del día y que soy “yo” mismo.

Esto sólo es posible cuando uno se atreve, se arriesga a poner orden en esa confusión interior, haciéndose las preguntas fundamentales de todo ser humano: “¿Qué busco yo en la vida? ¿Por qué me afano? ¿Qué amo? ¿Dónde pongo yo mi felicidad?”, preguntas que no se responden en un minuto, ni en una hora.

Preguntas que se nos pueden hacer insoportables pues, tomadas en serio, fácilmente despiertan en nosotros sensaciones diversas de fracaso, mediocridad, culpa, desesperanza, y, en clave creyente, también, pecado. Entonces el silencio se hace oscuro y tenebroso. Da miedo entrar en uno mismo y penetrar en el fondo de la existencia.

Así se encuentran aquellos discípulos a los que Jesús ha alejado del ruido y la agitación, acompañan a Jesús a lo alto de una montaña a orar. Se asustan al entrar en la nube que comienza a cubrirlos. Su temor desaparece cuando, desde el interior de la nube, escuchan una voz que les dice: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle".

El creyente nunca está solo en su silencio. Alguien lo acompaña y sostiene desde dentro. Siempre puede escuchar esa voz de Jesucristo que comprende nuestras equivocaciones, perdona nuestro pecado y despierta de nuevo en nosotros la esperanza.

Hoy tenemos presentes a aquellos que, en silencio escuchan la voz que les llama y mueve, incluso de continente, y con el lema de Misiones diocesanas, afirman que “la misión te cambia”, “Misioak aldatzen zaitu”.

En la revista “Los Ríos nº 262”, el testimonio de X. Eskauriatza, deja tres preguntas purificadoras del cambio que supone la misión: “Ez zara misioetara joango zerbait edo norbaitengandik ihesi, ezta?...; Misioetara, irakastera ala ikastera zoaz?; Zure burua, ikusten duzu menderatzaile ala misiolari gisa?.”

Cada uno, embarcado en la misión, deja que la misión le cambie; y se abre a que su labor quede purificada con su respuesta a la escucha de la Palabra.


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