Unidad pastoral Santa María de Olárizu / Olarizuko Andre Maria Pastoral Barrutia

Martes 23 de Julio del 2019

comentario C TO 3 2019

fano


Desde hace algunos años, nos hemos convertido en país de inmigración. Por unas razones u otras, han ido llegando hasta nosotros portugueses, ucranianos, rumanos, dominicanos, ecuatorianos, peruanos, marroquíes, argelinos, keniatas,... Lo hacen en un momento de crisis económica, política, demográfica,… y se convierten en problema y solución.

Quizás nos pesa demasiado la economía de este momento y de mi bolsillo y se les mira con sospecha y, a algunos se les clasifica de “clandestinos”, “ilegales”, “sin papeles”; se les relega fácilmente a una situación marginal; malviven, por lo general, en la más absoluta indefensión. Pero son seres humanos como nosotros, que interpelan nuestra conciencia.

Lo más cómodo es la pasividad. Los que nos sentimos insertos en nuestra sociedad por nuestro origen, familia, trabajo o cultura, corremos el riesgo de no tener sensibilidad suficiente para reaccionar ante situaciones injustas de quienes, como los inmigrantes, no se encuentran en nuestra condición.

Es fácil entonces sumarse a una opinión pública desinformada, que presenta a los inmigrantes como “rivales, que vienen a quitarnos un puesto de trabajo o delincuentes peligrosos de los que hay que defenderse”. Por ese camino no es difícil que se despierten sentimientos de segregación y xenofobia.

Sin embargo, la política de inmigración de un pueblo, y el trato humano que damos al extranjero, son un buen test para comprobar la verdad de nuestras solemnes proclamas sobre la igualdad de los derechos humanos y la capacidad real de nuestra solidaridad con el Tercer Mundo.

Es verdad que todo país tiene derecho a controlar sus fronteras, pero este derecho ha de concretarse en el contexto global de regulación de los flujos migratorios y desde una actitud de solidaridad elemental con los países más machacados.

Por nuestra parte, los ciudadanos no podemos ignorar su presencia entre nosotros, ni actuar como si fueran "personas sin derechos”. Aunque sean clandestinos según las leyes vigentes, son seres humanos como nosotros, con derechos humanos, sociales y cívicos inalienables, reconocidos por la Declaración Universal y la Convención Europea.

Se me dirá que suponen una “carga excesiva” para nuestra economía. Es la objeción de quien desea un mundo más humano, pero desde el aislamiento insolidario. En el fondo, ésta es la cuestión. ¿Queremos que se vayan porque no hay pan para todos, o porque no estamos dispuestos a arriesgar en absoluto nuestro nivel de bienestar aunque otros mueran de hambre?

Aunque resulte impopular, la Iglesia ha de alinearse claramente a favor de estos hombres y defender con decisión sus derechos. De lo contrario, sería infiel a aquel que se sentía “enviado a dar la Buena Noticia a los pobres".

Hace algún año unos carteles en nuestras iglesias ponían: “IZAN BABES” “ SE REFUGIO”. De algunos templos desaparecieron. ¡Ojalá no desaparezcan nunca de nuestras conciencias!

 

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