Unidad pastoral Santa María de Olárizu / Olarizuko Andre Maria Pastoral Barrutia

Viernes 13 de Diciembre del 2019

comentario C TO 33 2019

fano


¡Tenemos nuevo discurso! o, por lo menos así me lo parece. Y me estoy refiriendo a los resultados de las últimas elecciones. Casi podíamos decir “dime qué números salen… y te diré qué digo”. Y en un día en el que vemos actuar así, resulta que Jesús nos plantea en este evangelio un discurso diferente. No un discurso de echar culpas a los demás; no un discurso de justificarse; no comunicar un mensaje para triunfar. En este evangelio, señala a los creyentes y nos plantea unas actitudes y comportamientos…. Puedes recordar tus comentarios y actitudes personales de estos días… ¡todo un reto para la vida diaria!

Lucas recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la tribulación futuras subrayando de manera especial la necesidad de enfrentarse a la crisis con paciencia. El término empleado por el evangelista (hypomone) significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades de la vida, paciencia activa.

Apenas se habla de la paciencia en nuestros días y, sin embargo, pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de grave crisis socio-cultural, incertidumbre generalizada y frustración existencial.

Son muchos los que viven hoy a la intemperie y, al no poder encontrar cobijo en nada que les ofrezca sentido, seguridad y esperanza, caen en el desaliento, la crispación o la apatía.

La paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia del hombre fuerte y aguerrido como en Aristóteles. Es, más bien, la actitud serena de quien cree en un Dios paciente y fuerte que deja desarrollarse esta historia, a veces tan incomprensible para nosotros, con ternura y amor compasivo.

El hombre animado por esta paciencia no se deja perturbar por las tribulaciones y crisis de la existencia. Mantiene el ánimo sereno y confiado. Su secreto es la paciencia fuerte y fiel de ese Dios que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas.

Al impaciente la espera se le hace larga. Por eso se crispa y se vuelve tan intolerante. Aunque aparece violento, agresivo y fuerte, en realidad es un hombre débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra nada; condena, pero no libera. El impaciente puede terminar en el desaliento, el cansancio o la resignación amarga. Ya no espera nada. Ya no espera en nadie.

El hombre paciente, por el contrario, no se irrita ni se deja deprimir por la tristeza. Contempla la vida con respeto y hasta con simpatía. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera.

No por eso cae en la apatía, el escepticismo o la dejación. El hombre paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado por una esperanza. "Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo" (l Tm 4, 10).

La paciencia del creyente se enraíza en ese Dios Amigo de la vida. A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra. En él ponemos nuestra esperanza.

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