Unidad Pastoral Santa María de Olárizu
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comentario c TC5 250406
Jesús pasa la noche a solas con su Padre querido. Es su costumbre. Cuando está en Jerusalén, en el monte de los Olivos.
Comienza el nuevo día lleno del Espíritu de Dios, que lo envía a «proclamar la liberación de los cautivos [...] y a dar libertad a los oprimidos». Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del Templo para escucharlo.
De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a «una mujer sorprendida en adulterio». No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga sobre nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: «En la Ley de Moisés se manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?».
Los fariseos tensando la situación; la mujer, angustiada; la gente, expectante. Jesús guarda silencio. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?
Jesús se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en la tierra. Quizás busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él busca respuesta desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.
Los acusadores solo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús propone otra perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitamos su perdón.
Le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: «El que esté sin pecado que le tire la primera piedra». ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propios pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?
Los acusadores se van retirando uno tras otro. Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá: «Yo no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo».
El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice «Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más».
Le ofrece su perdón y, al mismo tiempo, la invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva». Ese Dios, y nos lo recuerda Jesús, que, exigente, nos propone no pecar más.
Próxima la semana santa, como preparación personal, tendremos la celebración de la reconciliación. La lectura de San Pablo del domingo pasado nos anunció que es una reconciliación gratis. Y este evangelio anuncia que es una reconciliación para la vida y exigente.
¡Qué bien si en el momento que nos acerquemos al sacerdote en ese sacramento tenemos presente que lo primero y más importante es encuentro con el Dios que vivió y anunció Jesucristo! El Dios que se trasluce en el evangelio.
Si quieres ver la hoja de participación de una de las parroquias de la Unidad Pastoral Santa María de Olárizu para este domingo de cuaresma. PINCHA ABAJO.