Unidad pastoral Santa María de Olárizu / Olarizuko Andre Maria Pastoral Barrutia

Lunes 26 de Julio del 2021

comentario B TO 13 210704

fano


No, Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. No, Jesús no es un maestro de la Ley, dedicado a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras llenas de fuerza y misericordia la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

¡Profeta! Así le ven. Jesús sabe, así lo recuerda la historia de su pueblo, que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. Pero, la reacción de la gente sencilla está, también, por ver. Y entre los suyos, los que lo conocen desde niño, la reacción iba ser de apoyo o de rechazo.

Al parecer, el rechazo de Jesús en su pueblo de Nazaret era muy comentado entre los primeros cristianos. Tres evangelistas recogen el episodio con todo detalle. Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de discípulos y con fama de profeta curador.

Al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y “empieza a enseñar”. Sus vecinos y familiares apenas le escuchan, les nacen toda clase de preguntas que comienzan en el asombro. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos concluye las preguntas con la actitud prejuiciosa, dice que Jesús “los tenía escandalizados”. ¿Por qué?

Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de él desde niño. No le acogen tal como se presenta ante ellos, están bloqueados por la imagen que tienen de él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Les hace incapaces de descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.

Y de esa incapacidad crece su comportamiento: que no le acojan como profeta, que no estén dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios, que no asuman por él riesgos, dificultades, problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían quienes lo conocieron de cerca lo siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de él. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

Y de ahí la invitación a esforzarnos en conocer a Jesús. De ahí la apuesta por recordar sus rasgos humanos que ayudan a entender cómo es Dios que nos regala a su hijo. De ahí que recemos a un Dios que envía mensajeros que escandalizan. De ahí que confesemos que Dios se ha encarnado en un Profeta. De ahí que algunos sueñen con acoger la vida profética de Jesucristo que obliga a transformar profundamente nuestras comunidades y nuestra vida. Que este verano nos ayude a bajar los prejuicios y acerarnos al profeta de Nazaret.


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