Unidad pastoral Santa María de Olárizu / Olarizuko Andre Maria Pastoral Barrutia

Miércoles 05 de Octubre del 2022

comentario C TO25 220918

fano


“No podéis servir a Dios y al dinero”. Las palabras finales de Jesús en el evangelio de hoy las grabamos en nuestra cabeza, en nuestro corazón, allí donde nos salen las ganas de vivir.

Estas palabras encierran una advertencia que ha dejado Jesús a la humanidad. El dinero, convertido en ídolo absoluto, es el gran enemigo para vivir, para construir ese mundo más justo y fraterno querido por Dios.

Desgraciadamente, la riqueza se ha convertido en nuestro mundo globalizado en un ídolo de inmenso poder que, para subsistir, exige cada vez más víctimas y deshumaniza y empobrece cada vez más la historia humana.

Es curioso como cualquier actividad se valora desde esa clave: el divorcio de un futbolista y una cantante y cuanto se llevará el uno y la otra. Las luces de navidad en una ciudad y su gasto y el movimiento económico para el municipio. De un festival musical en verano, los ingresos que repercutirán en la localidad en que se efectúa, de un congreso mundial de informática, el dinero que ingresará en el comercio de la ciudad…

Y nosotros, desconcertados entre el no gastar por la situación que se avecina y que el dinero valga menos porque no crece y todos los gastos aumentan y no poco.

Prácticamente todo se organiza, se mueve y se dinamiza desde la lógica del más productividad, más consumo, más bienestar, más energía, más poder sobre los demás. Y más consumir de unos para no depender tanto del otro. Esta guerra de Ucrania nos lo ha hecho tener muy presente. Esta lógica es imperialista. Si no la detenemos, puede poner en peligro al ser humano y al mismo planeta.

Tal vez lo primero sea tomar conciencia de lo que está pasando. Esta no es solo una crisis económica. Es una crisis social y humana. Es mucho más honda que las repercusiones de la absurda e injusta guerra. En estos momentos tenemos ya datos suficientes en nuestro entorno y en el horizonte del mundo para percibir el drama humano en el que vivimos inmersos.

Cada vez es más patente ver que un sistema que conduce a una minoría de ricos a acumular cada vez más poder, abandonando en el hambre y la miseria a millones de seres humanos, es una insensatez insoportable. Inútil mirar a otra parte.

Ya ni las sociedades más industrializadas son capaces de asegurar un trabajo digno a millones de ciudadanos. ¡Curioso progreso este! Nos lanza a todos hacia el bienestar, y deja a tantas familias sin recursos para vivir con dignidad.

La crisis arruina el sistema democrático y ético. Presionados por las exigencias del dinero, los gobernantes no pueden atender a las verdaderas necesidades de sus pueblos. ¡Vaya política la que no está al servicio del bien común!

Porque la disminución de los gastos sociales en los diversos campos, la privatización interesada e indigna de servicios públicos, golpea a los más indefensos, genera más exclusión, desigualdad vergonzosa y fractura social.

Los seguidores de Jesús no podemos vivir encerrados en una religión aislada de este drama humano. Las comunidades cristianas deben ser en estos momentos un espacio de concienciación, discernimiento y compromiso. Hemos de ayudarnos a vivir con lucidez y responsabilidad. La crisis ha de hacernos más humanos, más humanos al modo cristiano. Como nos ha dicho hoy Jesús en el Evangelio a todos y a cada uno de nosotros: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

 

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