Unidad Pastoral Santa María de Olárizu
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comentario a tc6 260329

“En boca cerrada no entran moscas”. Hemos oído ese refrán. Unos mucho, otros poco. Mirando consecuencias hemos oído “por la boca muere el pez”. Refranes con sentido, cuando lo que se hablaba era importante, cuando la palabra era ley, comprometía al que la decía.
Así, en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Quizás, Jesús contó con la posibilidad de un final violento. Pero Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a «buscar el reino de Dios y su justicia»: ese mundo digno y dichoso para todos que busca su Padre.
Percibimos en el evangelio de la pasión que Jesús acepta la persecución y el martirio por fidelidad a ese proyecto de Dios, que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso Jesús no corre hacia la muerte, y tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas; tampoco modifica su mensaje ni se desdice de sus afirmaciones en defensa de los últimos.
Le habría sido fácil evitar la ejecución. Bastaba con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.
Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y anunciando con claridad su mensaje. Lo difundió en las aldeas de Galilea y en el entorno peligroso para él y su mensaje del templo. Nada lo detuvo.
Murió fiel al Dios en el que siempre confió. Acogió a todos, también a pecadores e indeseables. Acabaron rechazándolo, murió como un «excluido», y con su muerte confirmó lo que fue su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.
Lo ejecutaron en la cruz, reservada a esclavos. Murió pobre y despreciado. Con su muerte selló su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que le esclaviza.
Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de Dios encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer. En él confiamos los cristianos. Él ha puesto esa semilla de confianza y apuesta por el reino y cuidado de los frágiles en cada creyente.
Si quieres ver la hoja de participación de una de las parroquias de la unidad pastoral Santa María de Olárizu para este domingo de ramos. PINCHA ABAJO.