Unidad Pastoral Santa María de Olárizu
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Para no pocos, Dios y la alegría en la vida van por caminos distintos.
Pensar en él les trae malos recuerdos: en ellos se despierta la idea de un ser amenazador y exigente que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa. Y han prescindido de él. Su fe ha quedado «reprimida», «silenciada», «difuminada», «perdida» en su interior. Se han quedado sin caminos hacia Dios.
Si tienen algunos años, la edad de los que acudimos a la eucaristía, algunos quizá recuerden algo de «la parábola del hijo pródigo», pero nunca la han escuchado en su corazón.
El verdadero protagonista de esta parábola es el padre. Por dos veces repite con alegría: «Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado». Este convencimiento revela lo que hay en su corazón de padre.
A este padre no le preocupa su honor, sus intereses ni el trato que le dan sus hijos. No emplea un lenguaje moral, de bueno y malo. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.
El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre «lo vio» venir hambriento y humillado, y «se le conmovieron las entrañas». Esta mirada llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
Enseguida «echa a correr». El hijo vuelve a casa. Y es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. «Se le echó al cuello y lo cubrió de besos». Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
El hijo comienza su confesión: la ha preparado en su interior. El padre le interrumpe. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Solo Dios acoge y protege así a los pecadores.
El padre piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar deprisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
Quien oiga esta parábola desde fuera no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá que el misterio último de la vida es Alguien que nos acoge y nos perdona, porque solo quiere nuestra alegría en la vida digna de hijos de Dios.
Si quieres ver la hoja de participación de una de las parroquias de la Unidad Pastoral Santa María de Olárizu para este domingo cuarto de cuaresma. PINCHA ABAJO.